miércoles, 8 de julio de 2020





FRAGMENTO DE EL ARCO Y LA LIRA DE OCTAVIO PAZ

Imagen tomada de: http://lapalabraliberada.es/?p=157

Poesía y poema La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos; alimento maldito. Aísla; une. Invitación al viaje; regreso a la tierra natal. Inspiración, respiración, ejercicio muscular. Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia: el tedio, la angustia y la desesperación la alimentan. Oración, letanía, epifanía, presencia. Exorcismo, conjuro, magia. Sublimación, compensación, condensación del inconsciente. Expresión histórica de razas, naciones, clases. Niega a la historia: en su seno se resuelven todos los conflictos objetivos y el hombre adquiere al fin conciencia de ser algo más que tránsito. Experiencia, sentimiento, emoción, intuición, pensamiento no dirigido. Hija del azar; fruto del cálculo. Arte de hablar en una forma superior; lenguaje primitivo. Obediencia a las reglas; creación de otras. Imitación de los antiguos, copia de lo real, copia de una copia de la idea. Locura, éxtasis, logos. Regreso a la infancia, coito, nostalgia del paraíso, del infierno, del limbo. Juego, trabajo, actividad ascética. Confesión. Experiencia innata. Visión, música, símbolo. Analogía: el poema es un caracol en donde resuena la música del mundo y metros y rimas no son sino correspondencias, ecos, de la armonía universal. Enseñanza, moral, ejemplo, revelación, danza, diálogo, monólogo. Voz del pueblo, lengua de los escogidos, palabra del solitario. Pura e impura, sagrada y maldita, popular y minoritaria, colectiva y personal, desnuda y vestida, hablada, pintada, escrita, ostenta todos los rostros pero hay quien afirma que no posee ninguno: el poema es una careta que oculta el vacío, ¡prueba hermosa de la superflua grandeza de toda obra humana!

TEXTO COMPLETO DISPONIBLE EN: 




LA POESIA EN NUESTRO TIEMPO JORGE LUIS BORGES Y OCTAVIO PAZ

Conversación entre dos grandes maestros acerca de la presencia del tiempo en la poesía.




miércoles, 27 de mayo de 2020





El Aleph
Jorge Luis Borges

[...]
Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces, no dejé pasar un treinta de abril sin volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 1933, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 1934, aparecí, ya dadas las ocho, con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me quedé a comer. Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí las graduales confidencias de Carlos Argentino Daneri.

[...]
El teléfono perdió sus terrores, pero a fines de octubre, Carlos Argentino me habló. Estaba agitadísimo; no identifiqué su voz, al principio. Con tristeza y con ira balbuceó que esos ya ilimitados Zunino y Zungri, so pretexto de ampliar su desaforada confitería, iban a demoler su casa.

-¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay!
-repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.

No me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detestable del pasaje del tiempo; además, se trataba de una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz. Quise aclarar ese delicadísimo rasgo; mi interlocutor no me oyó. Dijo que si Zunino y Zungri persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los demandaría ipso facto por daños y perjuicios y los obligaría a abonar cien mil nacionales.

El nombre de Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros y Tacuarí, es de una seriedad proverbial. Interrogué si éste se había encargado ya del asunto.

Daneri dijo que le hablaría esa misma tarde. Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.

-Está en el sótano del comedor -explicó, aligerada su dicción por la angustia-.

Es mío, es mío: yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.

-¿El Aleph? -repetí.

-Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡El niño no podía comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre burilara el poema! No me despojarán Zunino y Zungri, no y mil veces no.

Código en mano, el doctor Zunni probará que es inajenable mi Aleph.

Traté de razonar.

-Pero, ¿no es muy oscuro el sótano?

-La verdad no penetra en un entendimiento rebelde. Si todos los lugares de la tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz.

-Iré a verlo inmediatamente.

Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese momento que Carlos Argentino era un loco. Todos esos Viterbo, por lo demás... Beatriz (yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña de una clarividencia casi
implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica. La locura de Carlos Argentino me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos detestado.

En la calle Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. El niño estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías. Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije:

-Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.

Carlos entró poco después. Habló con sequedad; comprendí que no era capazde otro pensamiento que de la perdición del Aleph.


miércoles, 13 de mayo de 2020





Ciudad encantada 

El reto para este mes consiste en la escritura de un microrrelato sobre nuestra vida en la ciudad. 

Para tal fin hemos venido explorando temas relacionados con el concepto de habitar que nos invita a reflexionar sobre como los espacios que transitamos influyen sobre nosotros, particularmente en la construcción de nuestra identidad.

Con el ejercicio anterior, que nos invitaba a evocar las memorias de “La casa de la infancia” nos dimos cuenta de que los lugares adquieren un significado diferente dependiendo de las personas con quienes los compartimos y la relación que tenemos con esas personas. 

Para el ejercicio de hoy vamos a entrar en la piel de un personaje que luego de abandonar la casa de su infancia, está en busca de una nueva vivienda en la ciudad (Medellín) y se sorprende al ver que todas las casas en ese lugar se venden o se alquilan por un precio demasiado barato, así que debe elegir una, pero con el paso de los días descubre que su casa está encantada, igual que la de sus vecinos. 

¿Qué será lo que ocurre en esa ciudad? 
¿Qué tipo de acontecimientos extraños ocurren en la casa?
¿Qué nombre le pondrías a esa casa? 

El ingrediente secreto de nuestros microrrelatos será lo paranormal, lo sobre natural o si se quiere la magia. Entonces vamos a construir entre todos una ciudad encantada, con casas donde ocurren cosas inusuales. Entonces cada uno va a pensar que pasa de inusual en su casa y le va a poner un nombre a esa casa: 

Ejemplos de títulos de obras literarias: 

La casa de la loca
La casa rosa
La casa tomada
La casa deshabitada
La casa en el confín de la tierra
La casa de los siete tejados
La casa de hojas
La casa evitada

Nota:

Es interesante pensar que muchos de los relatos catalogados como para normales, muchas veces terminan siendo trillers psicológicos o parapsicológicos porque muchas veces nos dejan como en la duda de si en realidad la casa estaba embrujada o simplemente el protagonista estaba loco. Entonces puede que empecemos a crear una ciudad encantada, pero terminemos escribiendo sobre una ciudad esquizofrénica. 

Compartimos el siguiente link donde encontrarán diferentes títulos de la literatura universal que exploran este tema:


 https://historiasquenocontariaamimadre.com/novelas-casas-encantadas/ 






Cómo escribir un microrrelato

¿En qué consisten exactamente los microrrelatos y cuáles son las claves para escribirlos?

  • A continuación, compartimos algunos tips fundamentales para tener en cuenta en la construcción de un microrrelato:

  • El microrrelato es una historia de ficción breve, muy breve, de máximo 200 palabras (recordemos que Medellín en 100 palabras nos pide eso, 100 palabras).

  • El escritor debe construir la historia competa en su mente, pero al lector solo le presenta una porción de esa historia. 

  • El microrrelato debe ser como la punta de un iceberg. Debe mostrarnos solo un pedacito de una historia mayor. 

  • El microrrelato se termina de escribir en la mente del lector, que sea él quien rellene los vacíos e imagine todo lo que no contamos.

  • El microrrelato no nos ofrece el espacio suficiente para desarrollar los tres momentos clásicos de una historia: presentación, nudo y desenlace. De manera que podemos pasar directamente al nudo, empezar la historia en el clímax y que el lector imagine como llegaron los personajes allí o cuál será su final. 

  • Como solo podemos usar unas cuantas palabras para generar sensaciones en el lector, debemos elegirlas muy bien para que le den sonoridad al texto.

  • Un microrrelato puede ser simplemente una escena que logre condensar el mensaje o la emoción que quieres generar. 

  • Los giros o finales inesperados siempre son una fórmula ganadora, y lo son mucho más si tienen sentido del humor.

  • Para enganchar al lector, no ha nada como la intriga, el inicio debe causar curiosidad. 


Ejemplos 

“Se venden zapatitos de bebé, nunca usados”.  Ernest Hemingway

“No quise continuar con mi investigación sobre el cáncer porque me di cuenta de que, incluso aunque podría haber acabado por perfeccionar la cura, nunca le habrían puesto mi nombre, Eddie Spaghetti”. B. Mistoda

Compartimos el link de Medellín en 100 palabras para seguir explorando las características del microrrelato:  https://educacion.medellinen100palabras.com/



Lectura recomendada

CASA TOMADA
Julio Cortázar

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la
más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo
paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo -le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina.
Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos.
Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que  llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia.  Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pulóver está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de
alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila, Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y al baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba
la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires ser! una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombo! de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornado puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro ?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un ratc en reanudar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas que tanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no. daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque resulta molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar.
Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre. 
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
-Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios. Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de
las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiado ruido de loza
y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuertes pero siempre sordos,. a espaldas nuestras.
Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán.
Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte --dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel
y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
. -¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada. 

miércoles, 29 de abril de 2020






Hubo un tiempo en el que moríamos de nostalgia…

Nostalgia: Esta palabra es el resultado de la combinación de νόστος (regreso) y λγος (dolor) y significa dolor por el lugar perdido o deseo de regresar al hogar. 


DATO CURIOSO: La nostalgia surge como una condición clínica acuñada por el médico suizo Johannes Hofer en un tratado de 1688 para referirse a la extrema añoranza o mal de corazón que sentían los mercenarios suizos al estar lejos de su patria (Sedikides et al., 2008).


A continuación, compartimos con ustedes un breve resumen del artículo académico: Una aproximación a la nostalgia reflexiva. Pueden leer el artículo completo en el siguiente enlace:

En la modernidad usamos la palabra nostalgia para referirnos a una emoción que está profundamente ligada con el sentimiento de pérdida que produce una especie dolor que es placentero.  De ahí que algunos consideren que la nostalgia es una emoción paradójica, debido a que nos remite a “La pérdida de un tiempo ausente, inalcanzable, doloroso y a la vez placentero”.


Así, la nostalgia es una emoción que tiene que ver con el paso del tiempo; algunos consideran que es una emoción agridulce de afectos positivos (placer en el recuerdo) y negativos (dolor causado por un sentimiento de pérdida). Esta emoción aparece cuando encontramos algo deseable en el recuerdo. Por eso, reconocer aquello que nos produce nostalgia, nos ayuda a entendernos a nosotros mismos y el tiempo que vivimos.

Existen dos tipos de nostalgia, una pasiva y otra reflexiva:
La nostalgia pasiva consiste en echar de menos un pasado idealizado para escapar de la realidad o simplemente evadirla. 
La nostalgia reflexiva consiste en recorrer nuestras memorias sin idealizar nuestro pasado y nos permite reconstruir el relato de nuestra propia historia para fortalecer el autoconocimiento y la identidad. 

Hoy queremos invitarlos a lanzar una mirada al pasado, y volver a pasar por los lugares que hemos habitado con una nostalgia reflexiva. Vamos a recorrer esos lugares añorados con la actitud de “un sujeto activo en la reconstrucción e interpretación de su pasado”.

Cómo se pueden dar cuenta lo que proponemos no es más ni menos que un ejercicio de memoria en el que el “yo” está atado a un espacio y tiempo concreto: El primer lugar que queremos evocar es LA CASA.

Una de las ideas más recurrentes en la ficción latinoamericana contemporánea es la representación de la casa como lugar de la memoria, del pasado y de la infancia, esto se conoce como: el ‘yo-casa’. Desde esta perspectiva, el espacio doméstico de la casa influye en nuestra estructura mental y en nuestra visión del mundo. Por ejemplo, Bachelard (2000, 30) habla de la «maternidad de la casa» porque es el espacio que «sostiene la infancia inmóvil en sus brazos».


Ejercicio N°1

Proponemos que, para este primer ejercicio de escritura, la casa sea ese elemento narrativo protagónico:

¿Recuerdas cómo era la primera casa que habitaste? 
¿Dónde están localizados los recuerdos de tu infancia, en el campo, en la ciudad?

Vamos a realizar un recorrido mental por la memoria que conservan de la casa de su infancia, intentando recordar todos los detalles:

¿Dónde estaba ubicada?
¿Cómo era por fuera?
¿Cómo era por dentro?
¿Qué era lo que más te gustaba de esa casa?
¿Cuál era tu lugar favorito?
¿A quien te recuerda esa casa?

Lecturas relacionadas:
Con el fin de ofrecerles algunos referentes les compartimos algunos fragmentos de obras literarias donde la casa es el espacio que contiene la historia:

La casa de azúcar (1959) Silvina Ocampo.

Cuando nos comprometimos tuvimos que buscar un departamento nuevo, pues según sus creencias, el destino de los ocupantes anteriores influiría sobre su vida […] Por fin encontré una casita en la calle Montes de Oca, que parecía de azúcar. Su blancura brillaba con extraordinaria luminosidad. Tenía teléfono y, en el frente, un diminuto jardín. Pensé que esa casa era recién construida, pero me enteré de que en 1930 la había ocupado una familia, y que después, para alquilarla, el propietario le había hecho algunos arreglos. Tuve que hacer creer a Cristina que nadie había vivido en la casa y que era el lugar ideal: la casa de nuestros sueños. Cuando Cristina la vio, exclamó: ¡Qué diferente de los departamentos que hemos visto! Aquí se respira olor a limpio. Nadie podrá influir en nuestras vidas y ensuciarlas con pensamientos que envician el aire. (Ocampo 2005, 64)

La casa de cartón (1928) Martín Adán

En la azotea, el aire único y múltiple, todo él en sí mismo resolviéndose en corrientes invisiblemente como la leche búlgara en bacilos; en la azotea, el aire denso de gomas de sol, de incoloros mucílagos de humedad – en la azotea –, calzones de la señora. Es en las humedades, más azul el azul del cielo, y si un pájaro innominable pasas tras ellas, crece y crece como a través de una lupa. Es una ventana del solo piso que la casa tiene: onírica visión alforante al ambiente, pasmado, sucio, loco, de los cristales emblanquecidos por un reflejo oblicuo de la tarde, el chaleco del señor con la cadena de plata y el reloj escondido en el bolsillo. (Adán 2001, 67)

El viaje a la semilla (1944) Alejo Carpentier

Ya habían descendido las tejas, cubriendo los canteros muertos con su mosaico de barro cocido. Arriba, los picos desprendían piedras de mampostería, haciéndolas rodar por canales de madera, con gran revuelo de cales y de yesos. Y por las almenas sucesivas que iban desdentando las murallas aparecían – despojados de su secreto – cielos rasos ovales o cuadrados, cornisas, guirnaldas, dentículos, astrágalos, y papeles en-colados que colgaban de los testeros como viejas pieles de serpiente en muda. (Carpentier 2003, 4)

Fragmentos tomados de:

miércoles, 22 de abril de 2020



Habitar la memoria



¿En qué lugar del espacio tiempo están alojados nuestros recuerdos, en la mente, el corazón, en una fotografía, en un rincón de nuestra casa o en sorbo de chocolate preparado por la abuela?

Los recuerdos se alimentan de nuestras vivencias y habitan calladamente en nuestra memoria. Solo se activan cuando tenemos experiencias que los evocan, estas experiencias pueden ser encuentros con personas, objetos, sabores, olores, texturas y todo lo que nos rodea. 

Cada lugar que habitamos se queda atado para siempre a nuestra memoria y pasará a ser parte de lo que somos. Dicen por ahí que, para entendernos a nosotros mismos, nuestra esencia, basta recordar los lugares que hemos habitado y que ahora habitan en nosotros con toda su influencia. 

A continuación, encontrarán un enlace para acceder al cortometraje “La mansión de pequeños cubos”, una bella representación sobre la relación que existe entre el recuerdo y el lugar que habitamos o hemos habitado. 

A partir de esta pequeña historia intenta recordar cuáles han sido los lugares que has habitado a lo largo de tu vida, con quienes compartiste ese espacio y qué es lo que más recuerdas de ese lugar.

¡No se lo pierdan!

“La casa de pequeños cubos”


Ficha técnica:

LA CASA DE LOS CUBOS,  (La Maison en Petits Cubes), Japón, 2008
Dirección: Kunio Katō
Música: Kenji Kondô
Narración: Masami Nagasawa
Duración : 12 minutos

En el siguiente enlace encontrarán una reseña sobre este cortometraje publicada en 2013 por el Espectador, es una excelente reflexión sobre el contenido de la obra: 

miércoles, 15 de abril de 2020



 La magdalena de Proust




"Hace ya muchos años que, de mi infancia en Combray, solo existía para mí  la tragedia cotidiana de acostarme. Un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso  tomar, contra mi costumbre, un poco de té. Dije que no, primero, pero luego, no sé por qué, cambié de opinión. Mandó a comprar uno de esos bollos pequeños y rollizos que se llaman magdalenas, y que parecen haber sido moldeados en las valvas con ranuras  de una concha de Santiago. Pronto, maquinalmente, agobiado  por el  día triste  y la perspectiva de otro igual, me llevé a los labios una cucharada de té en la que había dejado reblandecer un trozo de magdalena. Pero, en el instante mismo que el trago de té y  migajas de bollo llegaban a  mi paladar, me estremecí, dándome cuenta de que pasaba  algo extraordinario. Me había invadido  un placer delicioso, aislado, sin saber por qué, que me volvía indiferente a vicisitudes de la vida, a sus desastres inofensivos, a su brevedad ilusoria, de la misma manera que opera el amor, llenándome de una esencia preciosa; o, más bien, esta esencia no  estaba en mí sino que era yo mismo. Y no me sentía mediocre, limitado, mortal. ¿De dónde podía haberme venido esta poderosa alegría? Me daba cuenta de que estaba unida al gusto del té y del bollo, pero lo sobrepasaba infinitamente, no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía? ¿Qué significaba? ¿Cómo apresarla? [...]

Y, de repente, el recuerdo aparece. Ese gusto  es el del trocito de magdalena que el domingo por la mañana en Combray (porque ese día yo no salía antes de la hora de misa), cuando iba a decirle buenos días a su habitación,  mi tía Leonie me daba, después de haberlo mojado en su infusión de té o de tila. La vista de la pequeña magdalena no me había recordado nada, antes de probarla; quizá porque,  habiéndolas  visto a menudo después, sin comerlas, sobre las mesas de los pasteleros, su imagen había dejado esos días de Combray para unirse a otros más recientes [...]      

     Y desde que reconocí el gusto  del trocito  de magdalena mojada en la tila que  me daba mi tía (aunque todavía no supiera y debiera dejar para más tarde el descubrir por qué ese recuerdo me hacía feliz), en seguida  la vieja casa gris, donde estaba su habitación , vino como un decorado teatral a añadirse al pequeño pabellón que estaba sobre el  jardín ..."   

Fragmento tomado de Por el camino de Swann, una de las  siete novelas que forman la colección En busca del tiempo perdido del escritor francés Marcel Proust (1871-1922)


¿Te ha pasado algo parecido, hay olores y sabores que te recuerdan lugares o momentos de tu pasado?

¿Te gustaría saber por qué ocurre eso?


Se trata de experiencias sensoriales que desencadenan los llamados "recuerdos involuntarios", es decir, recuerdos que emergen sin que los busquemos y son evocados después de experimentar estímulos al azar.

Si este tema te interesa, te invito a leer  este artículo publicado por la BBC News Mundo el 29 agosto 2018, encontrarás las respuestas que buscas: https://www.bbc.com/mundo/noticias-45303759 










    
  
   
 AUTORRETRATO

OSCAR

Sus ojos de cambiante color, rodeados por un rostro pensativo con canosa barba y carente cabellera, miran con incertidumbre el final del camino, en medio de altibajos físicos y espirituales creencias.





AUTORRETRATO SOCIAL Y FÍSICO

VIRGINIA

Me miré al espejo, me veo bien organizada y me digo: Virginia, gracias por romper con esas sombras, con esas pandemias que cargabas y creías que todo estaba bien.
En estos días de cuarentena, me di cuenta de no estar equivocada al tener una posición crítica frente al caos humano que hemos estado viviendo. Sigo en el espejo y pienso con relación a lo físico: me veo bien, me acepto, lo importante es lo que tenías que cambiar, ya lo has modificado, de no masificarse, siempre en busca de la sabiduría para obrar mejor, el desamor por el amor, ser justa, en fin, tantas cargas que, por prepotencia, falta de humildad y muchos otros aspectos, no cambiamos.
Me detuve otra vez en lo físico y retrocedí en el tiempo, niñez, juventud y pensé que los años no vienen solos, ¡Qué cambios tan bruscos! es un proceso natural, la belleza interior se ve mucho mejor y no se arruga.
Coloqué el espejo en una mesa y sentí mis espaldas más livianas, me recosté en la cama y recordé que Dios es verbo no sustantivo.



AUTORRETRATO

EDISÓN

Al mirar los ojos de aquel reflejo, la noche va enlazando cada imagen de los tiempos que atraviesan esta historia. Oscuridades que se dibujan devenidas de un confín de recuerdos, aquellos tiempos de un caminante que a cada paso dejó rastros de claridad y también de épocas aciagas; la mirada queda suspendida y hay un libro interminable en la espera de ser releído. Las líneas escritas sobre esta obra corta esclarecen cada capítulo, y yace dentro un mural de la certidumbre de aquellos anhelos que han marcado un final aún incierto. El tiempo va dejando un rastro que deambula todos los días en  el silencio, una duda se va tejiendo en cada noche que miro  mi rostro en este espejo, allí en ese pequeño instante en que la contemplación se forja en su estado más perfecto puedo entender las sonrisas desaparecidas, lo difícil que va siendo el paso complejo de los años que laceran más  la voluntad, aun en mi cuarto hay líneas de  tiempo que no logro revisar, palabras que en la memoria se van tejiendo en hechos memorables del sueño. Ahora mis ojos deambulan mi cuerpo como contemplando lo fantasmagórico, como la sombra que nos persigue en la viva luz de todos los días. Rutilante aquella mirada, que absorbe toda atención en la rutina, cuan cadena es la misma línea que perseguimos en el tiempo, mi reloj como una reliquia se ve en el espejo, se ve en la perplejidad y aun así me tienta en mirar su hora exacta como el hábito que se va construyendo. Vuelvo a mirar mi rostro en una ansiedad que desborda la locura, el espejo se mueve conmigo y me persigue en el paso que doy, pienso en mi ámbito y en las formas de desterrar la nostalgia, el recuerdo  se esgrime  en su estela incierta y en  la noche se hace aún más  profundo su camino,  vastedad de incertidumbres a la misma hora en que el retrato  aparece de nuevo, y allí comienza otra vez el juego mortal de la espera,  de la remembranza como  arma infalible en mi rostro, los años  van dejando retratos  plasmados de este y otros días como una colección de  imágenes, que despuntan  heridas y  horas eternas que invaden  el recinto.